Reforma y reduccionismo: una reflexión sobre el empobrecimiento de la cultura histórica que propone el MINEDUC

28 Nov

Artículo de José Marín, Doctor en Historia Medieval por la Universidad de Barcelona, profesor en varias universidades del país. Publicado en Medweb el 20 de noviembre

La decisión del Mineduc de reducir las horas de enseñanza de la historia es lamentable aunque, hay que reconocerlo, no sorprende. De partida, hace tiempo ya que la asignatura (“subsector”) modificó su nombre (Estudio y Comprensión de la Sociedad; Historia y Ciencias Sociales), enfatizando contenidos que tienen a veces más relación con la sociología y la antropología, que con la historia; consecuentemente, se ha privilegiado el estudio del presente, de modo casi periodístico, en perjuicio del estudio del pasado, objeto del análisis histórico. En efecto, hace ya unos quince años que vemos cómo, paulatina pero consistentemente, se ha empobrecido la enseñanza de la historia en el mundo escolar, y es de temer que la historia termine desapareciendo completamente de los programas, en el mejor de los casos absorbida por otra disciplina o “subsector”.

Quienes amamos esta disciplina sabemos la importancia de la formación histórica en la etapa escolar para desarrollar el amor por la historia; quienes conocemos la historia y su valor, sabemos que es vital poner en contacto a niños y jóvenes con las grandes creaciones históricas del pasado: al reducir la enseñanza de la historia universal (Egipto, Grecia, Roma, la Edad Media) y centrar la mirada sólo en la modernidad y el presente, los privamos de la seducción de lo épico y de una visión verdaderamente humanista de su entorno histórico. Mario Góngora ya lo sabía y aconsejaba estudiar Historia Universal para poder comprender mejor la Historia de Chile. Reducir la enseñanza de la historia, excluyendo tercer y cuarto medio, dados los actuales programas, supone claramente minimizar el estudio del pasado y privilegiar el presentismo. Este empobrecimiento de la formación escolar no tiene nada de humanista: es la proposición del utilitarista que, impelido por el “logro” de ciertos “estándares”, no vacila en pagar cualquier precio. Los cursos que se verán afectados por la medida son aquellos decisivos para los resultados de la prueba Simce, como es evidente. ¿No se puede, acaso, optimizar el uso eficiente de las horas asignadas a Lenguaje, para elevar el nivel de logro de los escolares? Y si es necesario mejorar la formación de los profesores para ello, ¿por qué no hacerlo? Se ha planteado que algunas horas de Lenguaje se dedicarán a lectura en Biblioteca y me pregunto, por una parte, ¿nuestras escuelas tienen bibliotecas que permitan cumplir con dicho objetivo? Y por otra, ¿y si ese tiempo se dedicara a leer obras de carácter histórico, cumpliendo un doble objetivo? Para ello bastaría coordinar a los profesores de historia y de lenguaje, una integración interdisciplinaria que actualmente, por cierto, es de la mayor relevancia en el ámbito académico y que se constituiría en un verdadero desafío para la enseñanza escolar y que sólo le reportaría beneficios. Por último, cabe señalar que este tipo de modificaciones afectan más gravemente a la educación pública, que no cuenta con la flexibilidad ni la capacidad de gestión ni los recursos de los establecimientos privados que tienen una cierta dosis de autonomía que les permite elaborar sus propios programas (de acuerdo a las directrices del Mineduc, eso sí), así como reasignación de horas de la JEC si fuera menester. Si lo último es efectivo, estaríamos frente a otra forma más de discriminación en la educación chilena, contribuyendo a aumentar la brecha entre aquellos que pueden “darse el lujo” de una formación humanista, íntegra e integral, y aquellos que no.

Finalmente, cabe suponer que en un corto plazo la Prueba de Historia de la PSU va a desaparecer, salvo claro está que el FMI o la OCDE exija mantenerla… Más temprano que tarde, bajo el argumento de la “pertinencia” de los contenidos, esta enésima reforma de la reforma, impactará en el currículum universitario de la formación de graduados y profesores de historia, por lo que es menester estar atentos, porque este tipo de situaciones terminan por afectar gravemente a la autonomía universitaria. Ésta no consiste, como muchos creen, simplemente en la inviolabilidad del claustro universitario ni en que la fuerza pública no pueda ingresar en sus campus. Verdaderamente la autonomía universitaria es mucho más que eso, de mucha más seriedad, gravedad y repercusiones. Es un non serviam. Se trata de resguardar la libertad intelectual, la libertad ex cathedra que otorga la autoridad fundada en el saber. Esa libertad es la que ha permitido a la universidad enfrentarse a quienquiera que haya querido instrumentalizarla para servir a sus intereses, y decirle con orgullo non serviam, no te serviré. Hubo un tiempo —y ya es triste tener que recordarlo— en que las universidades orientaban a la sociedad… ¿Qué pasó como para que hoy ellas no sean requeridas en el debate público sino, peor aún, acepten mansamente servir los intereses de las políticas públicas de turno? Hoy más que nunca hay que resguardar y acrecentar los espacios de libertad de la vida universitaria. ¿Cuál ha sido el rol de las instituciones universitarias en todo este proceso? ¿Hasta dónde pueden seguir las universidades mansamente las políticas del Mineduc so pretexto de los fondos que están en juego? En fin, son consideraciones que, por ahora, nos llevan muy lejos del problema de fondo (empobrecimiento de la cultura escolar), pero que, creo, involucran cuestiones que no se pueden seguir soslayando.

Tengo la impresión de que la opinión de los especialistas (en Historia, obviamente) tiene poco valor en este minuto. Tal como ocurrió hace algunos años con la Reforma Educacional y el FID, si se pide la opinión, es sólo para cumplir con una formalidad, pero alea iacta est. Tengo la impresión también, aunque es apriorística y se basa sólo en información de prensa, de que a los especialistas en realidad no se les consultó ni interesa hacerlo. No obstante, creo que es importante que las escuelas, departamentos o institutos de historia del país hagan ver al Mineduc su parecer, en cartas y columnas públicas, ya sea firmadas por sus Directores o, quizá, por sus Consejos de Profesores; pienso, también, que una declaración o suerte de manifiesto de los Decanos involucrados (en forma singular, pero también como cuerpo), podría ser relevante en esta materia. Me temo, como dije, que los especialistas ya hemos perdido muchos espacios de discusión, por “dejar hacer” a inexpertos, burócratas o legos en la materia (que probablemente actúan con puras buenas intenciones) y que recuperarlos es muy difícil; sin embargo, al menos debe quedar el testimonio público al respecto.

Tenemos que mantenernos alertas, atentos y vigilantes, pues la barbarie está siempre al acecho, asumiendo distintas formas: frivolidad, liviandad, trivialización, vulgaridad, intervención, relativismo, tibieza, pusilanimidad, etc. No les concedamos más espacio a los bárbaros. Quizá todavía es tiempo.

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